Bibliografía - 2000

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En los países más desarrollados, la tecnología digital ha sustituido de modo casi completo a la analógica en los ámbitos de producción del discurso escrito (correspondencia personal, comercial y empresarial, textos académicos y científicos, publicaciones editoriales) y su transmisión (correo electrónico, internet); sólo en su recepción sigue manteniéndose vivo el soporte analógico (papel, libro, revista), si bien también han aumentado los formatos de comunicación on line. Quizá nunca desaparezcan determinados documentos como certificados, testamentos o contratos con firmas manuscritas, porque ofrecen prestaciones irremplazables –¡aunque en España ya exista legislación sobre sus correspondientes digitales!–. Pero hoy es incuestionable la supremacía de lo digital, y si a lo largo de nuestra historia un cambio de tecnología comunicativa supuso evolución en las formas de vida, ¿qué nos puede deparar lo digital?, ¿cómo cambiará nuestra sociedad, país, ciudad, etc.?, ¿qué implicaciones tendrá el salto de una tecnología tan física, como la analógica, a otra de mucho más mental, como la digital? Y a la escuela: ¿qué le espera?, ¿qué cambios debe adoptar para adaptarse a este nuevo contexto?2 Ésta es mi reflexión breve y provisional sobre el impacto que esta nueva expansión tecnológica va a tener en el ámbito de la enseñanza de la composición. Sin voluntad futuróloga ni afán proselitista, esbozaré algunos cambios que se están generando, así como sus consecuencias en la organización social y en la enseñanza. 

La inclusión del alumno y del propio profesor como individuos (sus experiencias, actitudes y afectos personales) en cada actividad de aprendizaje de una lengua extranjera proporciona un notable incremento en la calidad de la lengua utilizada, contribuyendo a la estructuración del aula como marco social. Cuando la atención a la forma impide una auténtica implicación personal del alumno (porque los contenidos son proporcionados por los materiales) podemos todavía tratar de mantener esta implicación de una manera más artificial y lúdica simplemente atribuyendo ciertas manifestaciones o incluyendo en ciertas informaciones a gente del propio grupo donde trabajamos.

¿No es más divertido, implicador e interpretable un ejemplo de condicional como «Caroline se querría ir de la clase» que uno típicamente neutro y ajeno a la experiencia asequible al alumno como «Juan se querría ir a Valencia»? El objetivo final es que la información que circula por nuestras clases de gramática, y que tantas veces debemos imponer, tenga el máximo sentido para los estudiantes.