Gonzalo Abio, profesor de la Universidade Federal de Alagoas (Brasil), cuenta lo que hizo en la primera clase del semestre de la asignatura de prácticas de español, con un grupo desigual en competencia digital: «algunos son novatos en el asunto, mientras que otros ya son especialistas en el uso de la IA».
Presentó la tarea de la semana siguiente —un análisis personal de tres de las diez competencias generales de la BNC-Formação brasileña— y acordó con el grupo que en esa tarea no se usaría IA para producir el texto. La razón que dio es pedagógica: el valor está en la riqueza de las opiniones personales fundadas en la lectura atenta de las competencias, análisis «únicos, singulares» precisamente por las distintas experiencias de vida de cada estudiante. Anunció también la consecuencia: si detectaba que el texto había sido producido por IA, la tarea semanal tendría nota cero.
En la misma sesión hizo el movimiento contrario. Al surgir en una dinámica el término «rúbricas de evaluación», desconocido para el grupo, les pidió que investigaran sobre él para la clase siguiente usando Perplexity, uno de los chatbots que suele presentar y usar con sus estudiantes. La intención era deliberada: «Yo sé lo que Perplexity suele generar ante esa consulta concreta». Anunció que a lo largo del semestre irían explorando otros usos de la IA para tareas específicas, siempre basados en evidencias y compartiendo los enlaces de las conversaciones generadas con los chatbots.
Abio señala dos dificultades del contexto: los servicios que «humanizan» los textos para eludir la detección —frente a los cuales confía en su familiaridad con los patrones de escritura generada— y la falta de directrices institucionales y de espacios para discutir el asunto entre colegas. Su conclusión práctica es que las directrices sobre IA deben incorporarse al contrato didáctico entre profesorado y alumnado. La entrada se escribe en el momento del pacto y anuncia un seguimiento posterior que no llegó a publicarse.
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