Cristina Cabal Díaz, profesora en la Escuela Oficial de Idiomas de Avilés, cuenta en el n.º 43 de Mosaico (pp. 54-61) un proyecto de fomento de la lectura que empieza en el libro de papel y termina en un avatar digital que habla. La revista es la de la Consejería de Educación de España en Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, y la autora plantea el proyecto como un modelo transferible a cualquier aula de lenguas. Su punto de partida es un diagnóstico: pedir una reseña escrita en una época en la que la inteligencia artificial está a un clic no garantiza que la escriba el estudiante. La respuesta que ensaya no es prohibir la IA, sino rediseñar las tareas para que no puedan resolverse con un generador de textos y, después, incorporarla como herramienta de creación.
El proyecto se estructura en dos fases. La primera es tradicional y arranca con una «cata de libros» en la biblioteca: tres mesas —ficción, no ficción y clásicos—, identificadas con carteles y decoradas con manteles, servilletas y un «menú literario» con tres «opciones del día»; sobre cada mesa, una bandeja con más libros que participantes, para asegurar variedad. Por rondas, cada estudiante escoge un libro, dedica cinco minutos a leer la sinopsis y hojear el principio, expone brevemente a su mesa de qué trata y si le gustaría leerlo justificando su opinión, y anota su elección favorita en el menú. Después de pasar por las distintas mesas, elige el libro que leerá. La autora subraya que esa decisión, tomada tras explorar, asegura más implicación que un título impuesto.
Mientras leen, se trabaja en clase cómo se escribe una reseña literaria: cómo organizar las ideas, qué vocabulario usar, cómo analizar personajes y argumentos y cómo fundamentar una valoración personal. Aquí es donde entra el diseño «resistente a la IA»: en lugar de una consigna genérica, formula preguntas personalizadas y específicas sobre la lectura concreta de cada estudiante, de modo que no puedan limitarse a copiar un resumen. Para transformar las tareas tradicionales en propuestas de este tipo se apoyó en MagicSchool AI.
La segunda fase pone la IA en manos del alumnado. Una vez corregidas las reseñas y devuelta la retroalimentación, cada estudiante ensaya la pronunciación y la entonación de su texto con un servicio de texto a voz: TTSMP3 para los más jóvenes, que no exige registro y ofrece 3000 caracteres diarios gratuitos, y ElevenLabs para los más avanzados o adultos, con voces más naturales. Después se graban leyendo su reseña en Vocaroo, que tampoco exige registro y permite descargar el audio. En la etapa final suben a Vidnoz la imagen de un personaje del libro y esa grabación, y la herramienta genera un avatar de hasta tres minutos que «habla» la reseña: si han leído El diario de Ana Frank, por ejemplo, pueden dar voz a Ana Frank.
El proyecto se cierra con una actividad que reutiliza lo producido para practicar la comprensión y la expresión orales. Antes de la clase se imprimen los códigos QR de los avatares y se colocan en la pared en grupos de tres, numerados; conviene pedir con antelación que traigan móvil y auriculares. En clase se forman grupos de tres y a cada estudiante se le asigna un código: lo escanea, escucha con atención durante siete u ocho minutos y toma nota de la información principal del libro —tema, personajes, tono, interés—. Después el grupo intercambia impresiones y anota cuál de los tres libros le ha parecido más interesante para una futura lectura. La ronda se repite varias veces según el número de participantes.
En sus conclusiones, la autora sostiene que leer un libro, reflexionar sobre él, expresarse oralmente y dar vida a un personaje refuerza la comprensión lectora y la expresión escrita y oral, y a la vez la creatividad, la autonomía y el pensamiento crítico. Señala además un efecto que atribuye a la difusión del resultado: al compartir los avatares con la comunidad educativa, el alumnado percibe que su trabajo tiene un valor real que trasciende el aula. Su balance es que tradición y tecnología pueden convivir sin que una desplace a la otra.
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