Durante dos cursos, Ramón Besonías ha repetido con sus alumnos de Filosofía de Bachillerato un mismo experimento: conversar de forma relajada con un asistente de ChatGPT diseñado por él para simular comportamiento humano y no parecer una IA. Tras la charla, cada estudiante completa una ficha de observación en la que anota dónde detectó rasgos de máquina y dónde la simulación resultó convincente, y envía al docente el enlace de la conversación.
El autor relata que a los estudiantes «no les cuesta tratar a la IA como si tuviera intenciones, personalidad, sensibilidad o conciencia»: hubo quien intentó ligar con ella y quien le hizo confesiones emocionales, aun sabiendo que era artificial. Observó además diferencias de género en el uso: las chicas tendieron a una conversación más emocional, mientras los chicos exploraron los límites técnicos del sistema.
La actividad, planteada como educación crítica frente a la antropomorfización y la dependencia emocional de los chatbots, se apoya en el análisis posterior de las fichas y de las conversaciones en clase.
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