Ramón Besonías llevó a su aula de Filosofía de 1º de Bachillerato un reto en cuatro fases en torno a un asistente GPT que simula ser un adolescente. Primero se trabajó un marco teórico con una tabla de criterios para distinguir textos humanos y de IA (errores, lenguaje, metáforas); después los estudiantes conversaron libremente con el asistente probando distintos registros (emocional, humorístico, factual); a continuación releyeron el diálogo y completaron una ficha de observación sobre naturalidad, empatía o humor; y cerraron redactando un texto argumentativo de al menos una página sobre qué delata a la IA. Como apoyo se usó también NotebookLM para generar materiales audiovisuales y un segundo asistente para preparar el debate.
El hallazgo más repetido por los alumnos resultó paradójico: lo que delata a la IA no son sus fallos, sino su ausencia. Identificaron la gramática impecable, la falta de dudas, la complacencia constante y el uso forzado de jerga juvenil como los indicios más claros de artificialidad, y concluyeron que la imperfección es «un sello de autenticidad» humana.
El autor documenta también un sesgo de partida —los estudiantes operaban bajo la premisa de que errar es humano— y la interpretación de la empatía y validación constantes del asistente como falta de criterio propio.
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