Pocos documentos en el campo de la educación han recibido tanta atención y en tan poco tiempo como el Marco común europeo de referencia (MCER). Si se tiene en cuenta que la versión original en inglés y en francés aparece en 2001, no deja de sorprender el hecho de que en 2008, solo siete años después, pueda leerse ya en más de 40 lenguas, haya sido objeto de volúmenes monográficos y se haya convertido en obligada referencia para las instituciones y administraciones educativas, los medios de comunicación y los docentes. Las reacciones ante el MCER, sin embargo, no han sido todas entusiastas: al tiempo que su difusión se ampliaba, ha ido recogiendo críticas, tanto de quienes cuestionan que pueda haber un referente «común» en educación como de quienes echan en falta una mayor base científica, o de quienes —al utilizarlo— descubren la complejidad que representa poner en práctica sus propuestas. Este artículo se centra en cuestiones relacionadas con el impacto del MCER más que en la discusión sobre su contenido, y aborda la importancia del documento para la mejora de la docencia, del aprendizaje y de la evaluación de lenguas.
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