El autor sostiene que los malos resultados que muchos docentes obtienen de la IA no son un problema de la tecnología sino del planteamiento: el error más habitual es usarla como si fuera un buscador cuando no busca información, la genera, y cuando no recibe instrucciones claras rellena los huecos como puede. De ahí las respuestas genéricas, mal ajustadas al nivel del alumnado o sin coherencia didáctica.
Los cuatro elementos de un prompt educativo: frente a la simple pregunta, el artículo define el prompt como una instrucción con intención pedagógica, comparable a explicar una tarea en clase, y propone construirlo con cuatro componentes —el contexto (para quién es), el objetivo (qué se quiere conseguir), la tarea (qué debe hacer la IA) y el formato (cómo se quiere recibir la respuesta)—, a los que pueden añadirse condiciones de lenguaje, enfoque metodológico o dificultad. Lo ilustra con un contraste: pedir «explica la fotosíntesis» frente a pedir esa explicación para 1.º de ESO, con lenguaje sencillo, un ejemplo cotidiano y preguntas de comprobación.
Defiende además usar la IA para mejorar los propios prompts, con peticiones del tipo «mejora este prompt para que sea más claro» o «adáptalo a alumnado con dificultades», y recuerda que el resultado exige iterar muchas veces antes de dar con algo utilizable.
Límites: el artículo insiste en no introducir datos personales del alumnado ni situaciones identificables en plataformas abiertas —cuando haya que trabajar con datos reales, solo con las herramientas que facilite la administración educativa— y recuerda que la IA no sustituye el criterio docente. Para empezar recomienda ChatGPT o Gemini, suficientes en su versión gratuita.
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