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Partiendo de la contradicción entre la lengua «de» que se habla y la lengua «en» que se habla, el ensayo trata de hacer sentir la inmensa complejidad de la máquina de la lengua, que opera en un nivel subconsciente y común que no pertenece a nadie. Hablamos bien precisamente porque no somos conscientes de lo que hacemos al hablar, y lo ilustra con fenómenos como la pronunciación pedante de ciertas palabras o las alternancias del tipo «se me cayó»/«me se cayó», mostrando lo inútil de empeñarse en pronunciar a conciencia los fonemas extraños de la lengua que se aprende.
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